ANÁLISIS |
Fiodor Dostoievski. L. O.

Fiodor Dostoievski. L. O.

Es necesario preguntarse quién trabaja hoy el estilo noble, el Gran Style sajón que hace grande la tarea literaria

RAFAEL GARCÍA MALDONADO

No me gusta lo que leo últimamente. Es esto algo meditado y por tanto una aseveración firme y sólida: no me interesan la inmensa mayoría de las obras de ficción –novela, cuento, relato– que está actualmente escribiendo mi generación en España, algo que no me ocurre con generaciones anteriores. No es necesario matizar que hay algunas excepciones, pero aun incluyéndome en ellos –si cabe–, debo decir que los actuales novelistas de menos de cuarenta años y ligeramente por encima se han dado en su mayoría a escribir relatos costumbristas, un realismo sin imaginación ni estilo alguno, meras obras de facilísima digestión, cuestionable entretenimiento y pura información sociológica. Alejados casi todos de aquello que la RAE define escuetamente como «arte de expresión verbal», que es la literatura.

No se encuentra fácilmente en ese caladero de narradores piezas verdaderamente literarias, y es algo insólito y muy extraño, pues lleva uno meses dedicado a esa fatal paciente pesca, una buena temporada rayana en lo obsesivo con respecto a las ficciones patrias, sobre todo aquéllas que, sea por el buen trato de la crítica o por el público –o por ambas– han tenido unas reseñas o unas ventas extraordinarias.

Suelo leer con un lápiz en la mano, algo en lo que me consta no soy el único, subrayando una buena frase, una acertada metáfora, un adjetivo o un sustantivo desconocidos o un bello y redondo párrafo. Mis lápices, afilados y ávidos de literatura, sin embargo, están hoy intactos; nada que subrayar, nada que merezca la pena resaltar para un futuro a media plazo donde presumo no llegarán estas obras en cuestión. Aunque tal vez, por qué no, pueda ser el fallo y las expectativas del lector, que no sabe o no entiende qué está pasando. No lo discuto. Pero es ésta una problemática –la del fútil costumbrismo– ya ocurrida anteriormente, sobre todo durante los años cincuenta, con la generación de posguerra, en la que personajes de la talla de Juan Benet o Sánchez Ferlosio abjuraron de la larga tradición del realismo galdosiano e inventaron una nueva forma de novelar, donde había de perderse –al fin– el gusto por la copia del ambiente, la tradición, la linealidad temporal, la pura información y la ramplona y aburrida sociología imperante. Dejar, en definitiva, de imitar (realismo) o de vulnerar (surrealismo, ciencia ficción) la realidad circundante para empezar a captar el verdadero misterio que palpita tras las cosas.

Escribir sin una historia poderosa y/o un estilo propio, definido y diferenciador no tiene para mí demasiado sentido. Si no hay un esfuerzo del escritor por desarrollar la imaginación, así como el cuidado de su prosa al final lo que sale es un mero tratado de costumbres y quehaceres, no una obra literaria. Con sentido pesar constato que volvemos –supongo que influidos por el bajo nivel cultural medio del país y la crisis del sector editorial– a bajar el nivel de las ficciones al que tuvo en tiempos de Mesonero Romanos o del propio Galdós. El costumbrismo que denuncio hoy es, evidentemente, muy distinto. Ya no pasea Fortunata por la calle Mayor pero sí lo hace un fulano desorientado por las excesivas dosis de psicofármacos por las estaciones de metro de Madrid; ya no aparecen casas que huelen a berza y a puchero pero sí hay casas donde no se suben las persianas porque su dueño vive exclusivamente para el intercambio clandestino de archivos de internet; ya no hay madames con bigudíes que juegan de madrugada a las cartas con el señorito putañero de turno, pero sí orgías, homosexuales dubitativos, transexuales, coitos turbios y sexo mal escrito tras cada página y media.

El costumbrismo de la mayoría de las obras de hoy, lo que yo denomino neocostumbrismo –lo que en cine podría ser la infame Carmina o revienta– es aún peor que aquél, al que como novelista guardo el debido respeto que dan haberse convertido en clásicos, y que he leído –y leo aún, como el caso de Baroja– con el interés del que busca de dónde viene. Cuando habla uno de esto no lo hace contra aquellas novelas que son muy vendidas. Aunque mis intereses como escritor y como lector son otros, he manifestado algunas veces mi predilección por la obra de Arturo Pérez-Reverte, al que considero, sin ningún empacho, el Stevenson de esta época, y del que una sola novela me dice más que toda la obra completa de esos escritores neocostumbristas que dan muy bien en las críticas de amigos (por lo general también escritores; hoy por ti, mañana por mí) y en los medios culturales, pero que carecen por completo de imaginación, profundidad y por supuesto de estilo. Qué decir, también, del exagerado favoritismo y trato entusiasta de la crítica por las novelas en cuestión: reseñas hiperbólicas, el o la mejor de su generación, obra imprescindible para entender lo que nos pasa, etcétera. Cuesta pensar qué umbral mínimo se fija para esto hoy día, en algo necesario y de amplio consenso como ha sido hasta no hace mucho la recensión de una obra literaria, tal vez porque no era ejercida por los propios escritores.

Son muy respetables, a mi juicio, los que sin vergüenza alguna han venido definiéndose como herederos de la literatura galdosiana: el tristemente fallecido Rafael Chirbes, el estupendo Ignacio Martínez de Pisón, el maestro Antonio Muñoz Molina, ectécera. Pero flaco favor hacen editores, libreros y grandes grupos editoriales en dar pábilo y cabida en sus catálogos y escaparates a tanta obra menor como las neocostumbristas, sin el barro de calidad suficiente (estilo) que dé lugar a una vasija que perdure más allá del rato que duran las cosas en las mesas de novedades (historia poderosa y duradera).

El público no ayuda, claro, ya casi nadie parece querer perder demasiado tiempo en un párrafo largo y bello, en una elegante y precisa metáfora, en la reflexión a la par que la lectura, en el estudio y autocomprensión de uno mismo y de la literatura a través de las páginas de un buen libro. Pero es necesario preguntarse quién en España –qué joven, fundamentalmente– trabaja hoy el estilo noble, el Gran Style sajón que hace grande la tarea literaria, porque puede que ande escondido entre rechazos editoriales y premios amañados que nunca ganará. Y preguntarnos también, de paso, qué podemos esperar de un país que ha llevado a las cimas de la ‘cultura’ a alguien tan prosaico y zafio como Paco León.

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