NOVELA | J. HERBERT / O. BARTOV
Fosa común encontrada en Torreón, México.

Fosa común encontrada en Torreón, México.

El escritor mexicano y el catedrático de Historia Europea coinciden en la narración de dos hechos distantes entre sí, pero con grandes y graves paralelismos. Dos matanzas, dos libros valientes y rigurosos que hablan de dos etapas selladas por la necesidad de escapar del horror y de la supervivencia. La historia y su reverso, contra las lecturas interesadas

ENRIQUE BENÍTEZ

Julián Herbert es uno de los más contundentes escritores mexicanos actuales. En un país que se ha especializado en construir una suerte de «literatura devastada» cuya lectura deja un sabor de boca seco y áspero y bronco, el joven narrador nacido en Acapulco en 1971 ha demostrado (con este libro, pero también con Un mundo infiel), que la violencia forma parte inseparable de las señas de identidad de su país, y que así lo debe reflejar la creación literaria.

La casa del dolor ajeno es el nombre del estadio de fútbol local. Un espacio deportivo en el que es difícil que puntúe el equipo visitante. Un lugar aguerrido en el que se defienden los colores con todo lo que se tiene a mano. Es también una obra mixta de investigación y reconstrucción de unos hechos históricos, con momentos de realidad contemporánea y una perspectiva pesimista y desangrada sobre México, su potencial y su recurrente precipicio en el abismo. Llama la atención el recorrido paralelo que se puede establecer entre la matanza de chinos en Torreón en mayo de 1911, y diversas matanzas de judíos, también a manos de sus propios vecinos, en ciudades europeas de Polonia y la actual Ucrania en 1941. Una semejanza inquietante que empuja a reflexionar sobre las raíces de la violencia, sobre sus motivos atávicos y sobre el odio al extranjero, a veces propiciado por intereses económicos, celos, envidias o simples cálculos políticos.

Torreón, México, mayo de 1911

La ciudad de Torreón, centenaria en el año 2007, era uno de los municipios más boyantes de la paupérrima economía mexicana de principios del siglo XX. Perteneciente a la Comarca Lagunera, «cuna de la Revolución Mexicana», en el norte de México, hace poco más de cien años contaba con una sólida actividad económica, con cierto protagonismo de la colonia de origen chino, que regentaba diversas industrias, comercios y otros establecimientos. Unos 800 orientales, la mayoría cantoneses que habían llegado a la ciudad procedentes de California, vivían en paz y fraternidad con sus vecinos, en una zona que agrupaba casi 40.000 habitantes.

En 1911 el país se desangra entre guerras civiles, facciones, corrupción y pobreza. La ciudad es un punto estratégico de los federales –gobierna Porfirio Díaz– y es atacada por los partidarios de Madero. Los chinos permanecen escondidos en sus casas y negocios: un panfleto de uno de sus líderes locales (Walter Lim) advierte del riesgo de saqueos. Lo que nadie podía imaginar era la espiral de odio ciego desatada tras la toma del pueblo, impulsada según todos los indicios por vecinos y conocidos, que acabó en pocas horas con la vida de 303 «súbditos celestes», asesinados a tiros, a machetazos, defenestrados y mutilados. El horror de los testimonios orales es de tal magnitud que no se recogió en los informes oficiales, manipulados para evitar la necesaria disculpa diplomática y la indemnización económica solicitada por el Gobierno chino cuando se supo de la feroz tragedia.

Herbert investiga, reconstruye el pasado feliz de Torreón, presenta a los protagonistas –desde la burguesía local a la nutrida colonia extranjera– y narra los hechos con herida precisión. La matanza y el posterior pillaje generaron un escándalo internacional y acabaron de raíz con el horizonte posible de crear un oasis de riqueza y convivencia pacífica en aquella ciudad ingrata. La actuación oficial la resume Herbert en seis fases: negación de los hechos, calumnia al culpar a los chinos de disparar a los asaltantes, ninguneo del gobierno chino, menosprecio a las víctimas, verdad a medias y traición de la palabra empeñada, ya que la somera indemnización que se prometió para zanjar el asunto nunca jamás llegó a pagarse. Todo un resumen del México del siglo XXI, anticipado por un desconocido acontecimiento ocurrido cien años atrás.

Omer Bartov, catedrático de Historia Europea, existe y es gracias a la decisión de su abuelo materno de emigrar a Palestina en marzo de 1935. Como nos ha enseñado Víctor Klemperer, en aquellos años miles de judíos se plantearon ya huir, a América o a Palestina. Y aquella decisión salvó la vida de su madre. Todo el resto de su familia murió exterminado. En un simposio sobre el Holocausto descubre que en Alemania apenas se estudia a las víctimas. «Los estudiantes alemanes quieren entender a los criminales alemanes», concluye. Entrevista a su madre y en 2004 recorre los paisajes de la infancia de su familia, para comprender su propia vida. La conclusión de su viaje y de sus visitas a los archivos aún disponibles es terrible: «En este rincón del mundo no se trató de un proyecto burocrático frío, distante y organizado con prolijidad sino de una enorme oleada de masacres incesantes, sangrientas, brutales e íntimas. Muy lejos de tratarse de una violencia insensata, con frecuencia se trató de actos significativos de los que muchos se beneficiaron en lo político y lo económico».
El paralelismo con el crimen de Torreón es asombroso. Si en México se ha instalado la versión de que fue Pancho Villa –y no la población local– quien mató a los chinos, que además habían disparado al ejército atacante (Villa estaba a miles de kilómetros, los chinos indefensos, y la violencia desatada contra ellos fue atroz y salvaje), en Galitzia, que ahora pertenece a Ucrania, las excusas son similares: los judíos habrían colaborado con los soviéticos antes de la llegada de los alemanes y sólo habrían muerto en campos de concentración. Es decir: merecían morir, fueron otros los asesinos. Hoy en Ucrania, según Bartov, se practica una recuperación muy selectiva y nacionalista de la memoria de aquellos años de infamia y crueldad (en Ivano-Frankisvk fueron asesinados casi diez mil judíos en un solo día, en octubre de 1941). La vida se repite, y lo seguirá haciendo. Por eso es tan importante que Herbert y Bartov hayan escrito estos libros valientes y rigurosos. La verdad debe prevalecer, por mucho que duela aceptarla.

FICHA
La casa del dolor ajeno
JULIÁN HERBERT
RANDOM HOUSE
17,90 €

FICHA
Borrados
OMER BARTOV
MALPASO
18,50 €
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