ENSAYO | MARK DANNER, ALMA GUILLERMOPRIETO
Memorial de El Mozote.

Memorial de El Mozote.

La memoria de las víctimas de la represión de la guerra fría en Latinoamérica está hecha de un tipo de periodismo en peligro de extinción. Mark Danner y Alma Guillermoprieto son dos ejemplos

ENRIQUE BENÍTEZ
Entre los días 11 y 13 de diciembre de 1981 en torno a 900 personas, hombres, mujeres y niños, fueron asesinados a sangre fría en El Mozote, en El Salvador, y varias aldeas cercanas. El ejército, adiestrado ya por asesores estadounidenses de la administración liderada por Ronald Reagan, inició una operación llamada «De yunque y martillo»: un batallón hostigaba a los guerrilleros desde una zona, y otro les esperaba en sus rutas de escape. Como era previsible nada salió como se esperaba. La movilización de varios miles de soldados dio tiempo de sobra a los combatientes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) a desalojar sus posiciones antes del ataque, pero no dio opción a 900 inocentes, cuyo asesinato se convirtió en un gran escándalo internacional. La masacre de El Mozote es la mayor atrocidad llevada a cabo en el hemisferio occidental en tiempos modernos, y ocupó las primeras páginas del Washington Post y del New York Times en enero de 1982.
Ray Bonner y Alma Guillermoprieto
Ray Bonner trabajaba para el Times cubriendo los asuntos centroamericanos desde Ciudad de México. Tras la victoria sandinista, la guerra en El Salvador se había convertido en un dolor de cabeza para el gobierno de Reagan, adalid de la guerra sucia y la instrucción homicida en la recordada Escuela de las Américas. Había miedo al efecto dominó de la exitosa Revolución de los Muchachos, secuestrada más tarde por la familia Ortega en exclusivo beneficio propio, y El Salvador, como Guatemala y Honduras, se convirtió en el terreno de juego de una partida global de intereses estratégicos y ausencia de principios.
Bonner llevaba tiempo con ganas de entrar en el país, pero sin lograr el permiso de los guerrilleros. La masacre de El Mozote lo cambió todo. Con una lealtad que, vista ahora, resulta admirable e insensata, avisó a su amiga y rival en el Post, Alma Guillermoprieto, que a su vez convenció a sus superiores y llegó a la zona masacrada apenas una semana más tarde. Bonner cruzó la frontera con la fotógrafa Susan Meiselas, cuyas instantáneas fueron una prueba fundamental en la historia de la infamia. Mujeres en zona de conflicto. Periodismo valiente en busca de la verdad.
Las crónicas de Bonner y Guillermoprieto se publicaron en portada de sus respectivos periódicos de manera simultánea. No hubo comunicación entre ellos: la brutalidad de la matanza les hizo escribir a toda prisa para que las noticias llegaran a la opinión pública y a los congresistas estadounidenses en un momento crucial. Debía apoyarse una enmienda a la Ley de Intervención Exterior que supeditaba cualquier ayuda militar al cumplimiento de los derechos humanos en el país receptor. El 27 de enero de 1982, El Mozote entraba en portada de las dos grandes cabeceras. Poco o nada cambió en la política exterior, sin embargo: la ayuda norteamericana al corrupto ejército salvadoreño siguió ascendiendo, la represión contra la guerrilla y los campesinos aumentó, y en 1989 llegarían los asesinatos impunes de Ignacio Ellacuría y sus compañeros jesuitas de la Universidad Centroamericana, a manos de nuevo del Batallón Atlacatl. La misma unidad de élite entrenada por militares estadounidenses que había perpetrado la masacre en El Mozote ocho años antes.
Mark Danner
En 1993 la administración de Bill Clinton comenzó un esperado proceso de desclasificación de papeles secretos de la guerra sucia en Latinoamérica. Para quienes sigan en estos días la campaña electoral americana, la contienda democrática entre Donald Trump y Hillary Clinton, baste recordar que mientras que Reagan y los suyos emplearon todas sus armas para desacreditar a Bonner y Guillermoprieto –una de sus favoritas fue precisamente el Wall Street Journal y sus editoriales–, los nuevos tiempos que se iniciaron con la victoria de Clinton en 1992 trajeron un poco de transparencia y aire fresco en la violenta política exterior del coloso americano. Danner aprovecha la situación y un cierto compromiso con sus zaheridos compañeros y, con el contexto favorable de la firma de los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra en El Salvador, en 1992, reconstruye con sólida fidelidad los acontecimientos que años atrás llamaron la atención de periodistas, políticos y personas de bien en todo el mundo civilizado. Su trabajo sería publicado en la revista New Yorker en diciembre de 1993.
Detrás de la masacre hubo un conjunto de pequeñas historias cruzadas. Desde la zona transmitía Radio Venceremos, que se había convertido por sus programas mordaces en un objetivo prioritario para el ejército. Los americanos habían fortalecido su presencia en la zona y enviado asesores militares casi sobre el terreno.
Las tácticas contra la guerrilla, anticuadas y mal ejecutadas, no estaban consiguiendo logros palpables. Y al frente de las tropas de élite se había situado un militar, José Domingo Monterrosa, mucho más preparado que la media. Y también mucho más ambicioso.
Danner sigue el rastro marcado por Bonner y Guillermoprieto y construye un relato bien documentado de los hechos y de la posterior guerra de propaganda que se originó en torno a la masacre. La guerrilla permitió el paso a los periodistas a sabiendas de la necesidad de colocar el conflicto en primera plana. Y el gobierno americano –que supo muy pronto que todo era verdad gracias a sus militares destacados en la zona– habló precisamente de «propaganda» para negar los hechos. Ray Bonner acabaría saliendo del Times, y la masacre de El Mozote, cuya crueldad con centenares de niños inocentes no ha sido superada en nuestro hemisferio, forma parte borrosa y lejana de esa larga lista de pequeños lugares remotos en los que se libró el gran combate del siglo XX.
En Berlín, un memorial recuerda la topografía del terror nazi, los lugares comunes –calles, plazas– de los secuestros y asesinatos de la Gestapo y las SS. En Latinoamérica, desde la Patagonia hasta Río Grande, el memorial que sostiene la topografía de la impunidad está hecho de palabras, de testimonios, artículos e investigaciones escritos párrafo a párrafo por periodistas, abogados, sacerdotes y todo tipo de hombres y mujeres que no han cejado hasta sacar la verdad a la luz. Los herederos de la guerrilla trabajan hoy a sueldo de los zares de la droga, dice Guillermoprieto. Es una vieja historia, tan triste como la propia tristeza.

FICHA
Masacre. La guerra sucia en El Salvador
MARK DANNER
MALPASO. Traducción de Rocío Gómez
22 €

FICHA
Desde el país de Nunca Jamás
ALMA GUILLERMOPRIETO
DEBATE. Traducción de Margarita Valencia de Lleras
23,90 €
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